NOTAS DE VIAJE

2026-04-27 | Feliciano J. Espriella | Columna
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Por: Feliciano J. Espriella

Miami, dicen quienes la conocen bien, es una ciudad que merece entre tres y cinco días para recorrerla con calma: playas, cultura, gastronomía y vida nocturna. Pero no siempre se tiene ese lujo. A veces —como nos ocurrió a mi compañera de vida y a mí— el itinerario manda, y el tiempo disponible se reduce a lo estrictamente necesario: una tarde y un día completo.

Y aun así, vale la pena.

Porque si algo tiene Miami —y esto conviene subrayarlo— es que puede disfrutarse sin necesidad de grandes presupuestos. La clave no está en cuánto se gasta, sino en qué se elige ver.

Nuestra primera parada fue La Pequeña Habana, en particular la emblemática Calle 8. Ahí se respira otra ciudad dentro de la ciudad: más latina, más cercana, menos sofisticada… y, paradójicamente, más auténtica.

Visitamos el Parque Máximo Gómez, donde los locales —en su mayoría cubanos— convierten el dominó en un ritual casi sagrado. No es un espectáculo montado para turistas: es vida cotidiana. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor especial.

Caminamos sin prisa, curioseamos en tiendas de puros, observamos murales y arte urbano, y terminamos el día en El Cristo Restaurant, un sitio tradicional, sin pretensiones. Ahí encontramos algo que suele escasear en destinos turísticos: comida abundante, sabor casero y precios razonables. Degustamos la “comida de la abuela”, un platillo que reconcilia al viajero con el lugar.

Al día siguiente, cambiamos de itinerario.

Por la mañana visitamos Vizcaya Museum and Gardens, una antigua mansión frente a la bahía que combina arquitectura europea con jardines de inspiración italiana.

Es un espacio que invita a caminar sin prisa, a detenerse, a observar. Y aunque tiene un costo de entrada, sigue siendo accesible si se compara con otras experiencias de la ciudad. No todo en Miami es lujo inaccesible; hay puntos intermedios que equilibran bien el gasto y la experiencia.

Por la tarde nos dirigimos a Bayside Marketplace, un espacio abierto junto al agua que mezcla tiendas, música en vivo y paseos.

Ahí estuvimos a punto de tomar uno de los recorridos en barco —los famosos paseos por “Millionaire’s Row”—, pero decidimos posponerlo. Sabíamos que al día siguiente abordaríamos un crucero y tendríamos suficiente mar por delante.

Aun sin ese tour, el lugar cumple: caminar junto a la bahía, escuchar música, sentarse a ver el movimiento… todo eso es gratuito. Y en una ciudad donde el gasto puede escalar rápidamente, esos momentos cuentan.

Terminamos el recorrido con algo sencillo: entrar a algunas tiendas, comprar camisetas para la familia y dejar que la tarde se fuera sin prisas.

Porque, al final, de eso se trata viajar.

No de cumplir itinerarios exhaustivos ni de gastar por inercia, sino de apropiarse del tiempo disponible —aunque sea breve— y sacarle sentido.

Miami puede ser ostentosa, sí. Puede ser cara, también. Pero no es exclusivamente eso. Es, sobre todo, una ciudad de contrastes donde conviven el lujo y lo cotidiano, el turista y el local, el exceso y la sencillez.

Y si uno sabe elegir, incluso una escala de día y medio puede convertirse en una experiencia completa.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.