Palabras huecas, ataúdes pequeños
“CON LOS NIÑOS, ¡NO!”, dijo la presidenta. Sonó hueca.
Los niños, niñas y jovencitos recientemente asesinados o heridos de bala en Guerrero, bajo un fuego cruzado en una escuela primaria, Guanajuato, donde dispararon a alumnos del Cobach o en Culiacán donde un chamaco fue a comprar viverones para dar leche a sus gatitos, desmienten a la presidenta.
En un México donde los menores de 17 años son poco más de 38 millones, para las autoridades no pintan en la estadística, pero es exponencial el dolor de la veintena de familiares cercanos afectados por cada chamaco ultimado y esa sensación de coraje interno crece en cada mexicano dañado.
Después del coraje viene el agachar la cabeza, buscar culpables, despotricar, agradecer a Dios porque no se forma parte de esa familia afectada y esperar la siguiente tragedia. No tarda, es cosa de días.
Vendrán manifestaciones de protesta como la realizada por la desaparición de los mineros hermosillenses, gritos, mantas, y al siguiente día deja de ser noticia. El día a día y la indiferencia de la autoridad que lo ve como “escape social”, se come la protesta. El gobierno le tomó la medida al dolor.
Y en el aspecto de las policías estatales estamos muy mal. Apenas el pasado diez de febrero el Congreso de Chiapas envío una propuesta de reforma a la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos para que se permita a estos elementos de seguridad utilizar armas automáticas de calibres superiores para más o menos equilibrar la balanza ante los criminales.
Por cierto, la mencionada ley (de difícil reforma), permite al ciudadano, luego de trámites muy espesos, portar un arma en su casa y nada más para legítima defensa y debe ser comprada en una tienda de la Sedena en Naucalpan, Estado de México. Y ya se ha de imaginar los requisitos que imponen pues no puede portarla ni en su carro, ni negocio.
Estamos a merced de los criminales y amarrados de manos por el gobierno –de cualquier partido--, que no quiere una ciudadanía armada. Curioso, pero es común que veamos el dolor expuesto de las madres ante la opinión pública pero no el de los papás.
Tal vez las madres buscadoras tienen razón cuando dicen que no se permite a los papás buscar a sus deudos pues serían puestos en la mira conforme les han dicho los sicarios anónimos que les dicen donde excavar.
Desgraciadamente de las seis etapas que vive un pueblo ante la inseguridad, ya estamos en la última:
Choque e Indignación (reacción inicial), que tiene como síntomas: Marchas, veladoras, gritos de justicia y una cobertura mediática intensa y como sentimiento: "Esto no puede estar pasando". Hay una fe residual en que, si el pueblo se manifiesta, la autoridad tiene que actuar.
Adaptación defensiva, (encierro). Ante la falta de resultados, la población empieza a ceder espacios. Síntomas: Se imponen toques de queda voluntarios, se blindan casas, se dejan de usar ciertas rutas o colores de ropa. Sentimiento: "Me cuido yo porque nadie me cuida". Se empieza a ver al vecino con sospecha; el tejido social se fragmenta.
Indefensión aprendida (parálisis). Es el punto de quiebre psicológico. El pueblo intenta protestar y nada cambia; intenta denunciar y hay represalias o apatía oficial. Síntoma: La gente deja de denunciar y de manifestarse. Se percibe un silencio sepulcral ante eventos violentos. Sentimiento: "Haga lo que haga, nada cambiará". El cerebro social entra en un estado de ahorro de energía emocional para no sufrir por lo inevitable.
Normalización de la barbarie (anomia). Aquí, el horror se vuelve paisaje. El asesinato de un joven o un niño se comenta como si fuera el clima. Síntoma: El surgimiento de una "cultura de supervivencia" donde se convive con el criminal. Se pierde el respeto por la ley (anomia) porque la ley no ofrece protección. Sentimiento: "Así es aquí". Se desarrollan mecanismos de humor negro o cinismo social como defensa ante el dolor.
Canibalismo social o "Justicia directa". Cuando la apatía del Estado es total, el "rencor y coraje" acumulado buscan una salida sin filtros. Síntoma: Linchamientos, surgimiento de autodefensas (que a menudo terminan convirtiéndose en lo que combatían) o apoyo a figuras autoritarias extremas. Sentimiento: "O ellos o nosotros". Se abandona la idea de los derechos humanos para pasar a la ley del talión (ojo por ojo).
Exilio o servidumbre (capitulación). Es la etapa final que vemos en zonas abandonadas de Guerrero, Guanajuato, Michoacán, Chiapas, Sonora, Sinaloa y muchos más. Síntoma: Quien tiene recursos huye (migración forzada). Quien no los tiene, se convierte en "colaborador" forzado del sistema criminal (pago de cuotas, halconeo). Sentimiento: Derrota total. El Estado ha sido sustituido formalmente por el poder fáctico.
Y en este último punto como referente surge la deslegitimación institucional: El ciudadano deja de creer en el sistema ("¿Para qué denunciar si no pasa nada?"). Esto abre la puerta a regímenes autoritarios o populismos extremos que prometen "mano dura" a cambio de libertades civiles. Es lo que vivimos hoy.
Y sí, hay tres escenarios posibles.
Primero, una vez que el hastío supera al miedo, el ciudadano común transitaría de la apatía a la ira colectiva (como ya ha ocurrido en algunas partes del país), el juicio del pueblo se impone al juez (otro matiz de la reforma judicial), hay explosión de la violencia por micro eventos y se impone la cultura de no respetar la ley si el criminal no lo hace.
Segundo, al vivir en una cárcel invisible, llega a ser tan brumoso que el ciudadano se rinde y acepta vivir bajo el mando de quien tenga el arma ese día, ya sea el Estado, el Cártel o la Autodefensa. Un pueblo aterrorizado por el caos que él mismo generó en su desesperación, aceptará cualquier dictadura que prometa "orden", aunque ese orden sea sepulcral.
Y tercero, emitir su “voto de castigo”, como último recurso.
EN FIN, por hoy es todo, el lunes le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…
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