La Herencia de la Ineptitud
EL LIBRO DE JULIO SCHERER “Ni venganza ni perdón” no es solo una crónica de una ruptura política largamente anunciada; es, en realidad, la autopsia técnica y psicológica de un estilo de gobierno que hizo del desdén su principal herramienta de Estado.
Scherer, pone por escrito una verdad de a kilo que el país intuía, pero pocos se atrevían a admitir públicamente: México estuvo en manos de un soberano inepto. Detrás de la retórica popular, se escondía un personaje de una precariedad técnica pasmosa, cuya mayor "hazaña" fue disfrazar su propia ignorancia supina de soberanía nacional.
Para entender el fenómeno de la autodenominada "Cuarta Transformación", no hay que mirar las macrocifras, sino los detalles pequeños, casi domésticos, que Scherer desglosa con una frialdad quirúrgica sobre la forma de ser y pensar de Andrés Manuel López Obrador.
El retrato es el de un líder que habitaba una "República de lo Básico", un espacio mental donde la complejidad del siglo XXI simplemente no existía. AMLO, como ya sabemos, no fue un estadista de planes o visiones prospectivas, sino un dirigente de instintos primarios, anclado en una nostalgia de los años setenta que intentó imponer a martillazos a una nación moderna.
El origen de este desprecio por el rigor se encuentra en un dato que muchos intentaron minimizar como una anécdota de juventud, pero que en realidad fue el prólogo de su vida pública: los quince años que le tomó concluir su licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM.
Ese rezago académico no fue un accidente de la historia ni una pausa por la lucha social; fue el síntoma temprano de una personalidad que detesta el método, las reglas institucionales y la disciplina intelectual. Para López Obrador, el título fue un trámite burocrático que debió "arrancarle" al sistema, no un proceso de formación.
Esta falta de estructura mental explica por qué, ya sentado en la silla presidencial, se sentía con la autoridad moral de descalificar a los "técnicos", a los "doctores" y a los científicos. Si a él no le sirvió el estudio constante para llegar a la cima, su conclusión lógica fue que el conocimiento experto era, en el mejor de los casos, un estorbo y, en el peor, una traición conservadora.
Scherer describe a un mandatario que no leía noticias ni reportes técnicos detallados. Su dieta informativa consistía en los resúmenes que él mismo filtraba o que su círculo más íntimo de leales le entregaba, masticados y listos para alimentar su narrativa.
Esta "fobia al dato" lo llevó a gobernar mediante la ocurrencia. Si un problema geopolítico o económico no cabía en un refrán o en una frase de la "mañanera", el problema simplemente se desechaba. Fue el triunfo del instinto sobre el análisis, de la anécdota sobre el presupuesto.
Los desdenes de López Obrador eran casi coreográficos. Su obsesión por mostrarse con un calzado desgastado, ropa sin entalle o los consabidos 200 pesos en la cartera no era una muestra de humildad franciscana, sino un fetiche de la carencia.
Scherer deja entrever que, para el expresidente, el refinamiento o la actualización tecnológica eran sinónimos de corrupción. Su enemistad con lo digital —su negativa rotunda a usar una computadora o entender procesos automatizados— condenó a diversas áreas del gobierno al rezago administrativo.
Mientras el mundo discutía la ética de la Inteligencia Artificial y la transición energética, él gobernaba con un "detente". Lo que no se podía tocar con las manos o explicar en una asamblea de pueblo, no tenía valor real. Cualquiera puede hacer un pozo para extraer petróleo o edificar carreteras, decía.
Este "minimalismo autoritario" pobló el gobierno de funcionarios que, según relata Scherer, eran elegidos bajo la máxima de "90% lealtad, 10% capacidad". El resultado fue el "Gabinete de los Espejos": un salón de servidores públicos que pasaron de ser técnicos especializados a ser "aplaudidores profesionales".
AMLO nunca buscó colaboradores que lo complementaran o que señalaran sus errores sino aquellos que validaran sus ocurrencias. Nombró perfiles básicos y hasta improvisados en puestos clave de energía, salud o economía, se aseguró de que nadie tuviera el peso intelectual suficiente para decirle que estaba equivocado. El costo: ineficiencia que hoy México sigue sufriendo como dice Scherer lo que terminó por fracturar incluso la relación con sus aliados más cercanos.
Así tenemos que el contraste con la administración de Claudia Sheinbaum es evidente, pero no por ello menos preocupante. Hemos pasado de la mística del instinto a la mística del método. Mientras López Obrador gobernaba con "otros datos" (los que él inventaba en el momento), Sheinbaum intenta gobernar con gráficas de Excel y proyecciones de ingeniería.
Sin embargo, ella habita hoy la "Jaula de la Herencia". El sistema que recibió fue diseñado para los caprichos de un hombre de costumbres analógicas, y ella intenta operarlo con la mentalidad de una científica y en eso también hay peligro para el país.
La paradoja es que, en su afán por diferenciarse de la "ocurrencia" tabasqueña, la actual administración corre el riesgo de caer en el otro extremo: "gobernar para el algoritmo". Si antes las obras se hacían por el puro deseo presidencial, hoy se diseñan para las redes sociales.
Estamos viendo el surgimiento de obras públicas que se ven espectaculares en un video de dron o en una historia de Instagram, pero que, al igual que la indumentaria austera de su antecesor, son solo una fachada. Hay variados ejemplos. La gran duda es si estas estructuras tendrán la solidez técnica para durar veinte años, o si son solo escenografías para alimentar la percepción de progreso en un mundo digital.
Al final, la sombra de aquella década y media de desidia académica de López Obrador sigue pesando sobre el país, pero ahora compartida con la soberbia científica de su sucesora. México pasó de un guía que detestaba los libros a una gerente que idolatra el indicador, pero ambos comparten una responsabilidad histórica ineludible: el uso del poder para la construcción de una realidad alterna.
El libro de Scherer Ibarra es un recordatorio amargo de que, cuando la personalidad del líder es más grande que las instituciones, el país se achica hasta quedar al nivel de su paso cansino y limitado.
La tragedia no fue solo lo que AMLO no sabía, sino su orgullo por no querer aprenderlo nunca; una cerrazón que hoy Sheinbaum valida al intentar administrar el caos heredado con métricas y frialdad, como si los problemas de la nación fueran variables ajustables y no vidas humanas.
Ambos son responsables de una misma simulación: él desde la ocurrencia y ella desde la diapositiva. Al final, el "segundo piso" de esta transformación corre el riesgo de confirmarse como una estructura de cristal: impecable en la pantalla, pero hueca en su propósito y tan desconectada de la realidad como el hombre que despreció la probidad intelectual durante su eterna y fallida formación académica.
EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…
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