Oposición: Banqueta o extinción
Los partidos de oposición siguen cometiendo el “pecado político” de olvidar tomar la calle de manera eficiente y constante, como herramienta de permanencia en la mente de la ciudadanía. Es uno de los factores por lo cual se ha dicho con insistencia que la oposición en México no existe. No la vemos.
El PAN parece temerle al calor, al asfalto caliente y al desorden del mitin; el PRI ha dejado morir a sus operadores de tierra para pagar consultores de imagen; y Movimiento Ciudadano confía en que una canción viral de 15 segundos sustituya la falta de estructura territorial.
Olvidaron aquella máxima nacida de la vieja escuela de la fontanería política mexicana: "Lo que no se organiza en la banqueta, se pierde en la boleta”.
En su embriaguez digital, el PAN, PRI y MC han firmado un pacto de rendición territorial, refugiándose en la pulcritud de los foros cerrados y la comodidad del like, mientras ceden —metro a metro— el control real del país.
Jorge Romero, del PAN, habla de una nueva etapa, mientras su partido se asoma al abismo burocrático de perder el registro por falta de afiliados. No es falta de trámites, es falta de gente; el resultado lógico de haber abandonado el asfalto por el escritorio.
El PRI con Alito Moreno a la cabeza no pudo sostener a sus bases que se fueron, en su mayoría a Morena. Y Jorge Álvarez Maynez, de MC, le apuesta a la calle cibernética como principal herramienta para influir en una juventud que difumina su atención al ritmo del dedito en la pantalla. Confunde la popularidad de un filtro de Instagram con la solidez de un movimiento social; olvida que los algoritmos entretienen, pero solo las estructuras sostienen.
Estas dirigencias, hoy convertidas en agencias de marketing digital, operan bajo la alucinación de que el país se gobierna desde un cuadro de control y de métricas. El PAN realiza conferencias de prensa en espacios refrigerados como si el sol de la calle fuera a desteñir sus ideologías.
El PRI, que antaño dominaba cada seccional y cada esquina, hoy es un fantasma que apenas asoma la cabeza en boletines de Instagram, habiendo canjeado el sudor del mitin por la comodidad del comunicado.
Por su parte, Movimiento Ciudadano ha elevado la frivolidad a categoría de dogma; apuestan a que un video viral o una canción pegajosa sustituyan la falta de estructura en la periferia, convencidos de que un like es, por arte de magia, un voto depositado en la urna.
Esta apuesta por el algoritmo es biológicamente ineficiente. Algunos estudios de la Universidad de Oxford y el MIT sobre el activismo de salón demuestran que los likes crean una "conciencia de diez minutos": una indignación desechable que dura exactamente lo que tarda en aparecer el siguiente Reel o TikTok en la pantalla.
En cuanto el usuario desliza el dedo, el compromiso político se evapora. En contraste, la participación física genera lo que el sociólogo Zeynep Tufekci llama "señalización de alto costo". Estar presente, hombro con hombro, activa un sentido de pertenencia y una "prueba social" que refuerza un objetivo común. La calle construye identidades y lealtades; la pantalla solo acumula reacciones volátiles.
La estadística de la Ciudad de México —el termómetro del poder— exhibe esta orfandad. El volumen de la protesta social ha explotado, pasando de las tres mil manifestaciones anuales con Fox a más de diez mil durante la 4T. Lo irónico es que la oposición formal apenas ha convocado un puñado esporádico de manifestaciones.
La calle hoy la disputan grupos disconformes —feministas, colectivos de búsqueda, sindicatos— que a menudo pertenecen al mismo espectro social del gobierno, mientras la oposición observa desde un celular, incapaz de generar los operadores efectivos o la estructura básica necesaria para acuerpar estas causas.
Mientras esto no ocurra, esta falta de presencia física seguirá permitiendo que el gobierno gane por default: al no haber una estructura opositora permanente que defienda la veracidad de la multitud, la autoridad se da el lujo de la minimización estadística, reduciendo 600 mil personas a 12 mil en un boletín de prensa sin que nadie en la banqueta tenga el músculo para desmentirlo. Lo que no se ve de forma constante, para el poder, simplemente no existe.
Esta agorafobia (miedo a los espacios abiertos) política es especialmente peligrosa cuando se contrasta con la realidad en materia de seguridad del Estado. Para entender porque EU señala que nuestro país está dominado por narcos, hay ver el siguiente ejemplo:
México tiene 133 millones de habitantes y un estado de fuerza nominal de 485 mil elementos, pero restando aquellos destinados a las áreas administrativas y agentes dispuestos para acciones secundarias, (remember las nuevas chambas del Ejército), la realidad en calle es de apenas 194 mil operativos.
Hablamos de un raquítico 0.145% de la población; apenas 1.4 elementos armados por cada mil mexicanos frente a una fuerza criminal que, entre sicarios y logística, ronda las 900 mil personas con posicionamiento constante en los barrios. Ahí donde el Estado no llega y donde la oposición ni siquiera se asoma, el crimen se vuelve el único operador con presencia real.
Mientras el Estado simula seguridad y el crimen gobierna con realidad en la periferia, la oposición se ha recluido en la "calle cibernética", convencida de que ganar el Trending Topic es ganar la plaza pública. El gobierno simula que cuida y la oposición que compite.
Es hora de que las dirigencias partidistas bajen del teclado y suban a la banqueta. Si no son capaces de habitar la calle los 365 días del año con política organizada, seguirán siendo los dueños de una plaza virtual vacía. La conciencia de diez minutos no gana naciones; la pertenencia de la calle, sí.
Y es que, en la aritmética del poder real, si la calle no se gana con organización ciudadana, la seguirá ocupando el crimen con balas o el oficialismo con decretos. Si les incomoda, bien. La seguridad y la democracia no son para conciencias cómodas.
Como quisiera ver que un político, o un grupo, se aposentaran frente a palacio estatal o nacional, y colocaran mesas para recibir a todos aquellos que requieren de abrir la “ventanilla” del poder para satisfacer sus demandas.
Eso es ganar la calle: dar la atención debida al ciudadano y estructurar luchas justas. Aunque, viendo el panorama de nuestras dirigencias, suena a que hoy es mucho pedir.
EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando
Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios
escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas,
Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración
Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”,
Consultoría Especializada en
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