El laberinto de la legitimidad

2022-07-04 | Arturo Soto Munguía | Columna
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Arturo Soto Munguia

La encuesta que se difundió ayer, elaborada por Demoscopia Digital, es el mejor ejemplo de lo que ocurre en el país en materia de gobernabilidad y disputa por el poder, no tanto por los datos que arroja, sino por las reacciones que suscitan, partiendo a la opinión pública (o la publicada, para ser más precisos) entre el aplauso desaforado y la descalificación apriorística.

El ‘flyer’ que resume la encuesta es básicamente un gráfico en el que destacan los índices de aprobación del gobernador Alfonso Durazo y del presidente Andrés Manuel López Obrador: 67.8% para el primero; 72.3% para el segundo.

Hay una pregunta sobre lo que el ciudadano sonorense considera que es el principal problema en el estado, y allí la seguridad se lleva con mucho al resto de las respuestas, con 51.3%. En temas como educación, salud y medio ambiente, o andamos mejor que en Dinamarca, o bien son asuntos que tienen sin cuidado a los sonorenses de acuerdo con esta encuesta, pues tuvieron respuestas de 2.1, 2.1 y 3.5% respectivamente.

Un 22.3% dijo que el principal problema es el de obras públicas y un 16.8% el desarrollo económico. Lo notable es que poco más de la mitad de la población considera que la seguridad pública es el principal problema y no es para menos.

Pero ni siquiera eso desató el infierno como sí lo hicieron los números relativos a la aprobación de los gobernantes evaluados. Se entiende que en las graderías de la 4T se haya repetido una y otra vez la ola y el aplauso, del mismo modo que del bando contrario se haya descalificado sin más el ejercicio demoscópico: es una encuesta cuchareada, pinche empresa vendida, los chayotearon, el que paga manda, etc.

Muy pocos se detuvieron a pensar que esos resultados no difieren muchos de los arrojados por otras empresas encuestadoras, incluyendo las de Reforma, El Universal y El Financiero, que no podrían catalogarse precisamente como pro4T.

Y fueron menos los que, desde una posición crítica al gobierno y con un sentido analítico que vaya más allá de la descalificación a priori, se detuvieron a pensar, a escudriñar, a entender las claves de un gobierno que sigue bien calificado no solo en las encuestas que, admitámoslo, las más de las veces son utilizadas como recurso propagandístico, sino en los procesos electorales donde, salvo contadas excepciones, les ha pasado por encima abrumadoramente.

No vayamos muy lejos. El año pasado en Sonora, Alfonso Durazo obtuvo 496 mil 651 votos, contra su más cercano competidor, Ernesto Gándara que postulado como candidato común del PRI, PAN y PRD obtuvo 339 mil 139.

¿Por qué?, se preguntan, ¿por qué si el país está en los linderos del comunismo y ya estamos a nada de ser como Cuba, Venezuela y Nicaragua (Slim sonríe); si los indicadores económicos están estancados o a la baja; si la opacidad es la marca de la 4T, si el hijo de AMLO es un huevón y habitaba un lujoso palacete en Texas; si el manejo de la pandemia fue criminal, si Pío, Felipa y Martinazo fueron pillados en actos de corrupción; si el AIFA es un fracaso, la recién inaugurada refinería no refina y el tren maya está devastando el sureste; si el narco ha dejado más muertes que en los sexenios de Peña y Calderón, por qué nos siguen ganando las elecciones?

Las respuestas que se encuentran más frecuentemente en las redes sociales y medios convencionales son variopintas pero pueden resumirse en unas cuantas: el pueblo es bien pendejo, los indios son huevones y mantenidos, los chairos se alimentan con atole, los gobernadores priistas entregaron las plazas, el narco pactó con el gobierno. Y la joya de entre todas ellas: el gobierno está usando el aparato de Estado para ganar elecciones. ¡Habrase visto!

Algunas de esas respuestas no están del todo desprovistas de razón, pero sí cargadas de un reduccionismo que hasta ahora ha favorecido al gobierno. Aun así, solo excepcionalmente la oposición se ocupa de hacer un ejercicio autocrítico y preguntarse hasta dónde la forma de gobernar y de ejercer el poder en el pasado fueron generando las condiciones propicias para que en 2018 una gran mayoría de mexicanos fueran a las urnas y optaran por una alternativa distinta al PRI y al PAN.

Mejor o peor, ese es un debate que todos los días puebla las redes sociales con denodada virulencia, pero se dirime en las urnas con relativa tranquilidad, y mayoritariamente a favor de Morena. Los fríos números desde 2018 hasta la fecha están allí, más allá de las afinidades o discrepancias con tal o cual proyecto. Y salvo casos dignos de análisis como las alcaldías ganadas por la oposición en Ciudad de México el año pasado y un par de entidades hace un mes, el saldo para la oposición ha sido desastroso.

Y no parece haber tiempo, ni perfiles ni propuestas que pongan en riesgo la continuidad de la 4T en la sucesión presidencial 2024.

En esos laberintos de la legitimidad, el presidente, su partido y sus aliados (incluyendo a los más ricos de este país que, citando al propio AMLO, no han perdido un solo peso en su gobierno. Slim vuelve a sonreir) parecen haber encontrado las claves de su permanencia en el poder en viejos trucos del sistema político mexicano, corregidos y aumentados, particularmente en la simbiosis partido-gobierno-Estado, con todo y el antiquísimo ritual del tapadismo financiado con el erario hoy en marcha.

El tema desde luego no se agota aquí. Quedan muchas aristas pendientes.

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