Aceptémoslo: Como sociedad, estamos fallando muy feo

2022-07-04 | Francisco Javier Ruíz Quirrin | Columna Primera Mano
6336435970_e82257563d_b

De Primera Mano

Por Francisco Javier Ruiz Quirrín

SÍ. ESTAMOS fallando todos. En la sociedad todos tenemos un rol especial, tanto en la relación con otras personas como en lo particular con nuestras familias. Y la mística, lo que nos motiva a hacer las cosas, bien o mal, son nuestros valores y la espiritualidad.

Por ejemplo, cuando se habla de corrupción, las críticas van dirigidas al gobierno, a sus integrantes, pero somos los individuos los que permitimos que esa corrupción se lleve a cabo, ¿por qué? porque somos corruptos.

Manejar el tráfico de influencias es corrupción, el nepotismo es corrupción, aceptar “dar mochadas” al obtener un contrato del gobierno, es corrupción.

Caer en la seducción de la delincuencia, es corrupción. Permitir, por el dinero, que las cosas se hagan “chuecas” en las obras públicas, en el sector Salud, en la educación, sólo es responsabilidad de nosotros, los individuos.

Todo ese coctel da por resultado la degradación social. Y esta degradación comienza por las personas, pero es mucho más la responsabilidad para aquellas personas que tienen una obligación oficial, de cuyas decisiones depende la seguridad y la vida de los miles de ciudadanos.

A ver:

Quien bebe en un bar y se dirige a su casa, ebrio, se convierte en una amenaza social. Es una gran irresponsabilidad.

En ese caso, hacer lo correcto por parte de la autoridad es detener a esos individuos e imponer la sanción que corresponda.

Las políticas públicas deben, necesariamente, llevar el propósito de educar a las personas. Si la autoridad alude su responsabilidad o, peor aún, permite que los ebrios se convierten en amenazas tripulando un automóvil que se convierte en un arma letal, están actuando de manera criminal.

¿Por qué cuando un mexicano traspasa la frontera y se interna en las carreteras de los Estados Unidos, no se atreve a ingerir bebidas alcohólicas mientras conduce?

Porque sabe perfectamente que allá sí se aplica la Ley y que el violarla, podría hacerle perder su automóvil, perder el pasaporte y pagar miles de dólares, luego de asistir a una Corte y a un curso de capacitación.

Este fin de semana, se registraron varios percances automovilísticos con resultados trágicos. En la carretera Hermosillo-Ures, el sábado a las diez de la noche, choque de frente donde murieron dos adultos y un bebé de tan sólo tres meses de edad.

“El chofer de una de las unidades participantes traía aún un bote de cerveza en la mano”, se leyó en el reporte policiaco.

Horas después, casi a las tres de la mañana, choque frontal en la carretera Hermosillo-Bahía de Kino. Murieron cinco jóvenes y, desde luego, había alcohol de por medio. Esos viajes de fin de semana con regresos etílicos durante las madrugadas y la tragedia como resultado.

¿Los jóvenes y adultos que condujeron con alcohol en la sangre tuvieron conciencia previa de que el hacerlo no era correcto? Sí.

Pero, se animaron a hacerlo por dos razones: “porque estaban seguros de que nada pasaría y, también, porque no habría nada ni nadie que los detuviera”.

Total, todos fallamos. El gobierno y sus inútiles y a veces inexistentes políticas públicas, los padres de familia que no hemos encontrado la manera de educar bien, en base a valores y en la espiritualidad, a nuestros hijos.

Hans Kelsen, uno de los teóricos del Derecho, escribió: “¿Si quieres encontrar la felicidad en este mundo, deberás seguir el camino del Derecho”.

En otras palabras, nada justifica el violentar la Ley y sus normas, para tratar de encontrar la felicidad.

A esa máxima, habría qué añadirle la buena educación en los valores, que sólo se aprenden bien o mal, en casa.

Debe llegar el momento, en que la niña, el niño, jóvenes y adultos, se preguntan a sí mismos, si la decisión que están tomando es la correcta.

Si a pesar de la reflexión previa, se violenta la Ley y se decide cometer un exceso, porque “se tiene la seguridad de que nada sucederá”, es probable que la tragedia nos espere a la vuelta de la esquina.