Álamos, la fiesta interminable

2020-01-27 | Arturo Soto Munguía | Columna
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Arturo Soto Munguia

Álamos es la tarde que cae rojiza desde el cielo poniente matizando de noche sus portales. Álamos es el bullicio que va poblando sus calles y callejones con el desenfado y la disposición multitudinaria a lo festivo.

Antenoche una señora se cayó bailando pero nunca soltó las castañuelas y se incorporó como si tuviera 16 años, para seguir el ritmo de Paté de Fuá. La señora es el espíritu de esta ciudad que está de fiesta en el sincretismo cultural del que participamos todos.

Álamos son los arcos majestuosos de la casa donde convive la herencia centenaria de españoles y franceses, la flema europea que antaño pobló esta parte del sur profundo sonorense con sus gustos exquisitos en una interminable simbiosis con las otras exquisiteces de los indios mayo.

Flauta tambor y danza. Barítonos y sopranos. Encopetadas señoras medievales y malabaristas urbanos.

La Santa Muerte observa desde una repisa puesta ahí como al desgano, mientras a sus espaldas hay un altar a San Judas Tadeo. El sincretismo religioso también está aquí.

Álamos es la sede del Festival Alfonso Ortiz Tirado, el nombre del ginecólogo especializado en ortopedia que lo mismo atendía a Frida Khalo o le corregía la emblemática herida de Agustín Lara en la mejilla. Y además cantaba como los mismísimos ángeles, lo cual le abrió las puertas del mundo, que en aquel entonces se reducía a Estados Unidos y Europa. De allí salió el dinero para edificar un hospital infantil en Ciudad de México.

Álamos son los muchachos que te piden mover el carro porque van a meter ahí la Cherokee con las bocinas y a los que no puedes negarle ese derecho, por dos cosas:

Uno, porque desde su buchonismo pueril, no sabes si vienen de sierra arriba con cuerno de chivo incluido.

Dos, porque prometen que nomás acabándose el concierto, “van a llegar un chingo de morritas a bailar”.

Y uno, que ya no está para esos trotes, opta por dejarles el espacio, porque es mejor ir a platicar a buen resguardo; componer y recomponer el mundo, repasar vidas e historias entre la Santa Muerte y San Juditas, como le llaman sus devotos.

Álamos es la cartelera inigualable para el Bel Canto, la opción anual para el disfrute de la ópera y el desmayo frente a lo imposible de esas voces que lo rompen todo.

Y también es el espacio para el otro disfrute. El de andar chingándole con la hielera rodante buscando el espacio para perder la calma o encontrarla.

Álamos es el espacio adecuado para gozar la ópera y la calle.

125 metros de largo, por otros 125 de ancho. 22 mil 500 metros a tres por metro cuadrado, dan más de 50 mil asistentes al concierto de cierre, con Alejandro Fernández, “El Potrillo”, cuya educada voz podría estar en foros más reducidos.

Pero no. Está allí frente a 50 mil personas sin tequila y sin nada.

Y canta.

Y se va.

Y la gente le pide que vuelva.

¡Otra!, le gritan.

Y vuelve.

Y hay un reguero de hormonas en la plaza, con señoras y señoritas que se saben todas las canciones y las gritan a voz en cuello. La parte final del concierto es para ‘cortarse las venas’.

Qué cielo cruzas sin extrañarme, nube perdida, por qué no vienes a iluminarme, luz de mi vida, regresa pronto que ya no vivo si no es por ti…

Y cincuenta mil gargantas cantan a todo pulmón que estos celos me enloquecen me hacen daño, jamás aprenderé a vivir sin ti

Una muchacha estrella su botella vacía contra el suelo y no se quiebra. No sé cómo la metió, pero sé que no se quebró porque me la arrojó en mis pies y todavía me miró como diciendo “me vale”.

Pero ya estábamos en el concierto de “El Potrillo”. Calzones al aire. Yo sí me lo cojo. Chiquito papá. Elo verga que seas puto.

Señoras detrás de mí cantando con sus maridos y alucinando con Él.

No había polvo de tierra seca, porque las mujeres humedecieron todo, y hasta uno que otro santo varón de jeans ajustados y contoneo extraño.

Hasta que se fue El Potrillo y nos prodigó una noche inigualable en Álamos.

Listos para la siguiente.

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